Foto cabecera

IMGP4946 Músicos y bailarina del Institut del Teatre de Barcelona, actuando en un bus de la ciudad durante unas jornadas musicales. (A.Mª.F.)





ANTONIO GAUDÍ Y SU CASA CALVET, EL ÚNICO PREMIO QUE CONSIGUIÓ EN VIDA




                         En 1898 se le encargaba a Gaudí por segunda vez una casa que debía ser una más en línea, insertada entre otras dos. Así fue en el Palau Güell en 1886 y ahora doce años más tarde en el nº 48 de la calle de Caspe, en pleno barrio llamado entonces de los fabricantes, zona acomodada de la ciudad aunque  apartada cuatro manzanas de la yema social que significaba el Paseo de Gracia barcelonés.
           
   Como cualquier otra de nuestro arquitecto, el comienzo de esta obra tuvo sus avatares. El técnico municipal era Pere Falqués Urpí, su colega artífice de las soberbias farolas de la Avenida Gaudí, el Paseo de Gracia y el Paseo de San Juan, que acompañan cuatro realizaciones del maestro. Pero en mayo de 1898, Falqués era además un funcionario al servicio de la ciudad y cumplió su obligación rechazando los planos de la Casa Calvet, censurando el perfil de aquel curvilíneo acabado que superaba en altura lo ordenado para la calle de Caspe.

   Gaudí solucionó el problema devolviendo los planos con una línea roja que tachaba los ondulados remates y avisando de que si no le permitían hacer su obra como la había concebido, la dejaría así, descabezada a la brava. Comprobar que al final hizo lo que le vino en gana y no rectificó la altura, está al alcance de cualquiera que alce la vista al pasar por una finca que parece dispuesta a continuar su oleaje a lo largo de la calle. Argucia que le valió en su momento una denuncia de los inspectores, con su consiguiente sanción municipal ordenando suspender las obras. La importancia del cliente hizo que una vez más el consistorio claudicara, y todo quedase olvidado, al ser elegido oportunamente por el Ayuntamiento como el Mejor Edificio de 1900.


Imagen de la Casa Calvet. Puede apreciarse la altura que sobresale de las fincas adyacentes.

El plano original de la casa, con la línea que trazó Gaudí como amenaza.

Placa conmemorativa del Premio que se encontraba en la fachada y hoy desaparecida.

Modelo del Diploma concedido al arquitecto.


    UN ACTOR, UN MÁRTIR Y UN NOTARIO
           

LA MÚSICA EN LAS NALGAS. EL JARDÍN DE LAS DELICIAS.




                         Siempre me han hecho gracia las interpretaciones que suelen darse a las imágenes de sexo inusuales, gore o francamente aberrantes, de ciertas obras catalogadas de religiosas. Y es que cuando se intenta enmascarar lo muy obvio, el resultado suele ser hilarante.

    Las fechas en que Hieronymus Bosch, El Bosco, realizó el tríptico de El Jardín de las Delicias, aún después de innumerables pruebas son de una amplitud notable, ya que lo he visto datado por voces muy serias entre 1480 y 1515, calificando la obra tanto de juventud, como de plenitud o madurez. Desde Bélgica la tabla pasó a Holanda, de allí fue llevada por el Duque de Alba hasta la Orden de San Juan, viajando por fin al Escorial en 1593 al ser adquirida por Felipe II. Trasladada al Museo del Prado en 1939 para su restauración ya no se movió de sus paredes, donde hoy podemos seguir admirado esta pintura compleja de múltiples interpretaciones, como casi todas las del autor.

   Y desde principios de 2014, también identificar la partitura oculta de una melodía desconocida que el artista logró hurtar durante medio milenio a los entendidos, hasta que dos estudiantes norteamericanos, Amelia y Luke, supieron ver lo que durante todo ese tiempo había pasado inadvertido a los ojos de millones de observadores. 


Detalle musical de El Infierno

El tríptico abierto

La estudiante norteamericana Amelia Hamrick


UN CÓMIC SONORO DE 500 AÑOS

IGNACIO SEMMELWEISS, EL MÉDICO QUE NUNCA SE RINDIÓ


                     
Al Dr. Victor Julio Marí Balcells, quien
durante una entrevista en 2004 para
 Historia16, me habló de Semmelweiss.
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                             …Me habría gustado mucho que mi descubrimiento fuese de orden físico. Porque se explique la luz como se explique, no por eso dejará de alumbrar, ya que en nada depende de los físicos. Pero, por desgracia, mi descubrimiento depende de los tocólogos... ¡Asesinos! Llamo yo a todos los que se oponen a las normas que he prescrito para evitar la fiebre puerperal. ¡Contra ellos me levanto como resuelto adversario, tal como debe uno alzarse contra los partidarios de un crimen! Para mí no hay otra forma de tratarles, que como asesinos. ¡Y todos los que tengan el corazón en su sitio pensarán como yo!… No es necesario cerrar las salas de maternidad para que cesen los desastres que deploramos, sino que conviene echar a los tocólogos, ya que son ellos los que se comportan como auténticas epidemias…

                Y con esto ya está todo dicho…       


Fragmento de la carta enviada por el médico Ignaz Semmelweiss 
sobre  1854, a todos sus colegas profesores de obstetricia.



Escena de la disposición de Semmelweiss sobre el lavado de manos, que le valio la expulsión.
(Imagen de la portada de la revista Enfermedades Emergentes Efectious. Vol. 7, nº 2, 2001)
A los 39 años, en 1857, el doctor Semmelweiss


 ¡LÁVENSE LAS MANOS! 


CAYETANO GEA BERMEJO. DESDE EL LABERINTO.






                              Igual que otros protagonistas se abandonan al ardor, la pluma de Cayetano Gea Bermejo, más que relatar, filetea las voces de su mente escribiendo Desde el Laberinto a punta de navaja.


Portada del nuevo libro de Cayetano Gea Bernejo, DESDE EL LABERINTO. 

PÁGINAS DESDE EL FILO