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Compagnia-Mvula-Sungani-ph.-Antonio-Agostini Compañía de Danza Mvula-Sungani. Roma. (Antonio Agostini)





JOSEP Mª SUBIRACHS: EL PRIMER TREN



                          En 1936, un año después de fallecer Rudyard Kipling autor de Kim de la India, salía a la luz el libro póstumo del escritor inglés, Algo de mí mismo, desvelando una infancia gravemente infeliz por culpa del maltrato escolar que padeció hasta los dieciséis años y esa obra dejó perplejo a su círculo familiar y social. Nadie tenía conocimiento de tal experiencia ni de que lo hubiera marcado al extremo de no permitir su publicación hasta después de su muerte. Había vivido casi setenta años desde que pasó la amarga experiencia, recibió toda clase de honores incluido el Premio Nobel de Literatura y aún conservaba fresco en su mente el impacto de una niñez que le llevó a escribir en la primera página de aquellas memorias: -Dadme los primeros años de la vida de un niño y tendréis el resto.

Josep Mª Subirchas a los 6 años. (*)

Josep Mª Subirachs en su Primera Comunión. Tenía 9 años. (*)

  
 VULNERABILIDAD E INDEFENSIÓN
Publicado en Gaudí y Más. 24-5-2014
                        
                          A su regreso a Barcelona después de largos años de cruzar los mares embarcado como tripulante de cargueros, Josep Subirachs Casanovas pudo comprobar el desarrollo industrial experimentado en la franja litoral barcelonesa, con su consiguiente demanda de mano de obra que atraía inmigrantes del resto del país. El barrio del Poble Nou bullía en un hervidero de industrias. Fábricas de licores, grandes factorías textiles con su anillo de empresas subsidiarias. Como la de tintes, aprestos y acabados, donde el padre del futuro escultor de la Sagrada Familia encontrará un empleo que no le exija una especial preparación laboral.
                       Un puesto de trabajo seguro y sedentario adecuado a su proyecto de crear una familia, porque en los pensamientos del inquieto Subirachs padre, cumplidos los cuarenta años, esa idea se revelaba prioritaria. La que sería su esposa era bastante más joven que él y se llamaba Josefa Sitjar Ferrer. Vivía también en el Poble Nou y tenía un carácter tímido y silencioso que nunca contradecía las palabras de su marido.
                          En los años siguientes su dedicación al pequeño Josep Mª se convertiría en la prioridad de su vida. El 14 de abril de 1931 se proclama la IIª República y ese mismo año el niño de cuatro años ingresa en la escuela del Centro Moral y Cultural del Poble Nou. Pendiente de él, de su aseo, de su ropa, de llevarlo e ir a buscarlo al colegio, la madre pasaba los días con el que era por entonces su único hijo atenta a la nutrición del pequeño inapetente, vigilando que su niño de ojos marinos y cara despierta tomara la sopa, el bocadillo, la leche, con la esperanza de verle ganar algún kilo. También el padre vivía para Josep Mª.      
                  -  Antes de nacer yo –puntualizaba el artista desgranando sus recuerdos–, mi padre asistía a los partidos del Club de Fútbol Júpiter. Después no, después sólo se dedicó a mí. Y la puntualización era bien cierta. Desde el nacimiento del hijo, a Josep Subirachs Casanovas nada le interesó más en su vida que encarrilarlo por el camino adecuado.
                        En 1935 nace el segundo vástago de la familia, Mª Ángeles, coincidiendo con el primer cambio traumático en la vida del niño al dejar su colegio a los ocho años e ingresar en la escuela de la Cooperativa Paz y Justicia. En ese centro le aguardaba el descubrimiento de que el mundo no se componía únicamente de seres queridos dispuestos a atenderle.
                       Al adentrarse en sus recuerdos, Josep Mª Subirachs transmite entre líneas que el apartado de juegos con vecinos del barrio o condiscípulos no parecían importarle mucho, tampoco el que sus padres no le permitieran bajar a la calle con los demás compañeros, más bien deja intuir que el regreso a su casa era una liberación. Los entrevistadores que han intentado cruzar la línea infantil de Subirachs coinciden en haberle visto fruncir el ceño y sentir la presencia de una mano invisible dibujando un laberinto de surcos en la frente del escultor con sólo formularle una pregunta alusiva a esos años.
                          Sí cuenta, que del colegio le gustaban el dibujo y las letras de su cartilla. Aprendió a leer antes de conocer un aula ni un maestro, sentado en las rodillas de la madre y apoyado en la mesa del comedor con su padre al lado haciéndole reseguir vocales y consonantes. De la A, a la Zeta, se abría ante sus ojos un mundo evocador que el padre estimulaba leyéndole pasajes en catalán, en castellano, en francés.
                         Todo cambiaba al llegar al colegio, allí debía distinguir las frases que el maestro apuntaba en la pizarra, al otro extremo de la clase. A medida que el objetivo se alejaba de su vista se volvía más y más borroso y un dolor punzante le oprimía la frente, los ojos, desembocando en un fuerte dolor de cabeza. Para el maestro se hizo evidente que el niño tenía un problema en la vista. Alertados los padres, pronto las gafas quedaron incorporadas a su imagen, hasta hoy.
                      La literatura biográfica es rica en pasajes infantiles de grandes hombres que al no encontrar su sitio en esos años tan decisivos se aburrían y se mostraban torpes con sus iguales, hasta que la aparición de un hecho fortuito les hacía tomar conciencia de su importancia y de manera sencilla les señalaba que había un espacio reservado para ellos.
                    Hablar hoy de bullying no es más que un anglicismo para nombrar un problema que ha existido siempre, el acoso escolar. Si el pequeño jugó en ocasiones con el trompo o al escondite acompañado de otros alumnos fueron hechos aislados, no era hábil ni fuerte para competir en juegos violentos ni le gustaban, los deportes de contacto no se habían hecho para él y a lo más que llegaba en su interés por el fútbol era cuando se enteraba de si el C.D. Júpiter, el equipo del barrio, ganaba o perdía.
                         Nada de llegar a casa y coger la merienda de pan con aceite y azúcar, o lo que hubiese, para volver a salir brincando por los peldaños camino de la pandilla. La libertad de los niños del pueblo que era por entonces el barrio del Poble Nou tenía mucho de salvaje. Su objetivo era la playa, los juegos sobre la arena con los amigos que a poco pasaban a convertirse en peleas. Eso y tumbarse en los solares y terrenos de los antiguos huertos a jugar a canicas o saltar a caballo unos sobre otros.
                          Pero eso no llegó a experimentarlo Josep Mª. En un mundo obrero que luchaba por sobrevivir entre el ambiente enfebrecido de una guerra que se filtraba hasta el último rincón de las casas, aquel niño menudo y aislado atisbaba la calle tras cada fin de clase, buscando las figuras protectoras de los padres que evitaran los golpes y empujones, el acorralamiento y maltrato que sufría de múltiples maneras en los patios y escaleras y que, estaba seguro, si no llegaba a más era por la presencia de los maestros.     
                           A pesar de la indefensión en que vivía nunca les transmitió a los suyos la situación real en que se desenvolvía, no quería hacerlos sufrir. Absorto en sus problemas del día a día, 1936 llegaba para Josep Mª envuelto en varios acontecimientos muy distintos entre sí, decisivos para un niño. Si por un lado había dejado de ser hijo único al nacer su hermana Mª Ángeles, aunque ya tenía 9 años y era un poco mayor para hacer la Iª Comunión su madre decidió que tomara el Sacramento en la iglesia parroquial de Santa Mª del Poble Nou, una experiencia que le impresionó vivamente. Por otro, en el clima movido que se vivía tras cinco años de instaurada la IIª República, el fantasma de una Guerra Civil explotaba atemorizando a los ciudadanos, aunque Josep Mª, el hijo del antiguo trotamundos, vivía ajeno al batallar de los adultos y estrenaba su incipiente carrera artística ganando el Premio de Honor de Dibujo del Patronato Borí i Fontestá, un certamen al que se presentaron todas las escuelas del barrio.
                        El galardón consistía en una mesa de dibujo a la que se añadiría el juego de estilográfica y portaminas regalado por el Colegio. Todo ello le otorgó de pronto un cierto estatus de importancia que iba a convertirlo en intocable, dando un vuelco a su triste relación con los demás alumnos al tener a los profesores pendientes de él.
                        La realidad de su nueva posición le haría consciente de que si bien no era el más rápido corriendo ni el más fuerte en la pelea, sí podía hacer fácil lo difícil. Un retrato a lápiz del compañero o dibujar un coche, un haiga, como se nombraba entonces a los automóviles de lujo, – Subi, pinta un coche empezaron a pedirle los compañeros con respeto-. Subi, pinta un avión. Después un barco, una moto, algo que ningún otro alumno podía hacer. Y ese don que de pronto lo distinguía entre la comunidad escolar, a la vez, desde un cierto plano, lograba integrarlo.
                      - El dibujo fue mi salvación. Fue el primer tren que pasó por mi vida y me agarré a él con todas mis fuerzas, para subirme y que me sacara de aquella situación que no hubiera podido resistir mucho más tiempo.
                         Sucedía en 1936 y Subirachs tenía 9 años

Ana Mª Ferrin

(*) Imágenes del libro El Tacto y la Caricia de Ana Mª Ferrin.
       Reseña y primer capítulo: 
        http://amf2010blog.blogspot.com.es/2011/05/el-tacto-y-la-caricia-subirachs-nuevo.html
               


8 comentarios:

  1. La infancia es fundamental para forjar al adulto del mañana.
    Saludos.

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    1. Es cierto. Y me pregunto si en términos generales avanzamos en ese campo. Si le damos a la tarea de forjar hombres la importancia tan capital que tiene.
      Saludos

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  2. Qué excelente texto, Ana María. Además de experimentar, porque leerte es vivir lo que escribes y relatas, como dices, siempre ha existido la relegación y el hostigamiento que se ha cebado sobre personas que han sido educadas, un poco introvertidas o simplemente genios que han poseído desde muy temprana edad un mundo tan diferente a sus compañeros que nunca les han comprendido. Hemos tenido que esperar a que, mediante uno de los muchos barbarismos a los que somos tan receptivos, se encargue de definir un problema existente desde tiempo inmemorial. Tu introducción de Kipling es muy importante para determinar la relación tiempo pasado/ hecho sucedido. Siempre me he horrorizado que se relegue o se menosprecie, con esa especial crueldad que poseen los niños e incluso púberes, a quien es diferente en cualquiera de los aspectos que se perciben en una aula. A pesar de no impartir clases en niveles en donde se encuentran, sí he realizado experiencias con grupos en los que ha aflorado este problema más de una vez. Explicado y, creo que comprendido por quienes lo han experimentado como autor o receptor, siempre se ha establecido una corriente diferente de relaciones entre ambas partes. Nadie ha claudicado ni nadie ha tenido que sentir vergüenza ante sus compañeros pero sí ante el/ella mismo. El primer tren al que se agarran con desesperación, alguna vez, podría ser un tren equivocado y el resultado sería nefasto. Extraordinario tu artículo.

    Un cariñoso abrazo, querida amiga Ana María.

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    1. Hola, Antonio. Tu comentario, como siempre, lleva carga de profundidad y me sugiere varios puntos.
      - El menor que toma el tren que no debe, creyendo encontrar protección o sentirse querido y atendido, cuando en realidad quienes se le acercan están buscando, de nuevo, el abuso.
      -En el caso de los varones a veces se producen ciertas prácticas que van mucho más allá del empujón y el golpe, se cruza la línea de la intimidad. Y el niño queda desorientado, con un trauma que en ocasiones lo acompañará siempre.
      - La importante labor de los educadores que deben estar atentos a que eso no suceda en su propio territorio. Cada vez más son ellos, por medio de la atención y ciertos medios pedagógicos como tests o escoger determinados temas para los ejercicios, quienes captan el problema.
      - Los padres que deberían darse cuenta y no escapárseles que algo está pasándole al hijo. A veces hay casos de una incomunicación y dejadez increíbles.
      - Y un tema espinoso del que no suele hablarse. Qué pasa cuando quien maltrata y hostiga es el maestro? Precisamente en el caso de Kipling, ese fue uno de los mayores problemas que vivió.
      Qué mundo éste, querido amigo.

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  3. Un niño introvertido y mimado, con necesidad perpetua de cariño, con carita de indefensión en esas fotos que nos muestras, no es sinónimo de que en el día de mañana el adulto tenga problemas en sus relaciones sociales. Cada cual es como es y se adentra en los peligros de la vida según su carácter y personalidad.
    En mi caso, fue al contrario. De niña terremoto, que jugaba tirada en el barro del parque a canicas y chapas con los chicos, he pasado a un estado de timidez que se agranda con el tiempo. La edad del pavo tuvo la culpa...
    Un beso

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    1. Pues estamos en la misma, porque yo fui también una niña de pandilla en mi barrio del Born, hasta los 12-13 años. Los chicos tenían juegos que me interesaban muchísimo más. Pero tuve suerte porque eran buena gente, divertidos y muy buenos compañeros que me cuidaban.

      Conocer de cerca el mundo masculino me sirvió de mucho en mi vida para comprender a mis hijos varones y creo que algo me ha quedado de su sentido de la amistad y su mundo práctico.
      Y una cosa. Según mi experiencia, le pase lo que pase, cada individuo lo procesará de manera única. La mala experiencia que a un niño lo convertirá en un adulto maltratador o un delincuente, a otro su sensibilidad le hará ser un padre amoroso con sus hijos y un verdadero compañero para su mujer, no hay una regla de tres.

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  4. No sé, resulta difícil asegurar que la protección, quizás excesiva, de los padres impidiera una adecuada socialización del pequeño José Mª. Salir, corretear por el barrio con los amigos, ir de aquí para allá y de allá para acá es la forma normal de socializarse. No resulta raro el rechazo del que fue objeto al huír de esas relaciones, pero 9 años son pocos para definir una personalidad. Aún le quedaban años de niñez, adolescencia y juventud para afirmarse, pese a los vivido en sus primeros años. Un saludo.

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    1. Querido DLT. Diría que el punto de partida en este caso es otro. Seguro que al pequeño Subirachs le habría gustado ir a corretear con otros niños en lugar de vivir aislado con sus padres en la casa, pero es imposible socializar con quien te maltrata.
      Es un error creer que poniendo la otra mejilla alguien cruel cambiará de actitud, ya sea un niño o un adulto.
      Saludos.

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